martes, 14 de abril de 2009

Una horita corta...


Es lo que se suele decir a la gestante que anda en los últimos días de su embarazo,con una tripa descomunal,las piernas,la cara y todo el cuerpo hinchado como una bota...
Es un deseo, creo que un buen deseo, que suele ser recibido por la futura madre generalmente con una sonrisa de compromiso,como diciendo:¡No sabe usted bien lo que yo deseo que sea corta, que ni llegue a una hora!.
Nosotros estamos viendo el embarazo de este gobierno, o desgobierno,como queramos llamarlo y no podemos sino desear que sea una horita corta para que el parto se produzca y el nuevo "rorro" de una solución para todos nosotros en forma de cambio real de gobierno sea una realidad palpable,besable y acariciable...
Porque vemos esos labios hinchados al que se le escapan algunos peones de la Economía en forma de ayudantes de Solbes(¡de Solbes!)que huyen del barco antes de la quema, por si las moscas...
Asistimos a los masajes al ejecutivo en forma de fotos,muchas fotos, de Rodríguez con Obama,de Salgado con Manolo, de Manolo con Salgado, de Pepiño con Espe,¡qué trajín, que mareo!...
Ni con un buen cojín descansan esos riñones agotados. A ver si se dan cuenta de todo lo que están haciendo y se deciden a parir, es decir, marcharse y dejar a otros que enderecen el tema.
Dudo que haya gobierno. A las pruebas me remito.
Toda España está ahorrando y ellos despilfarrando.
¿De qué están sirviendo los planes E,F,G,H,...?.
Vamos a contar mentiras: en el mar corre la liebre y en el monte las sardinas, tralará, y en el monte las sardinas...
¿Cómo se puede pasar de torero a gobernador?. Pues degenerando, señor, degenerando...
Buen día, amigos.

lunes, 13 de abril de 2009

Los hombres de Harrelson...a la española


TJ, al tejado...
Esa era la frase inicial de esta serie policiaca. La de los SWAT, grupo de élite de la policía de Los Ángeles.
Pues aquí tenemos los nuestros, ¡faltaría más!, pero estos son más de andar por casa. No se llaman
Teniente Dan Hondo, ni sargento David Kay, ni oficiales Jim Street o Dominic Luca, sino Elena Salgado, Pepiño Blanco, Ángeles González-Sinde, Manolo Chaves, Ángel Gabilondo,Trini Jiménez....(vaya, salen tres nombres celestiales)
Ellos son los nuevos SWAT de Rodríguez para remover todo de manera que quede igual.
Sí,igual,porque aunque el sr.Rodríguez y su partido tengan sus fieles seguidores, que puede tenerlos...¡allá ellos!, estos nuevos ministros están sólo y exclusivamente puestos para aguantar el palo y que no se caiga la vela y a ver si llegamos al 2012 y escampa.
Son los encargados de decir que para salir de la que está cayendo hay que aumentar el gasto público y la subvención.
Para eso no hace falta ser economista, sino tener ganas de solucionar las cosas, no de perpetuarse en el cargo, al que le ha cogido un gusto inenarrable el tal sr. Rodríguez.
Ahora pide subvencionar un año más a los parados. Correcto. ¿Pero no sería mejor evitar crear parados?.
¿Y qué decir del 11M,que aún colea?. ¿Por qué no se detuvo a ese implicado,sr.Rubalcaba?. No merecemos un gobierno que nos mienta, ¿recuerda?.
Están huyendo hacia delante, por más que sus fieles les miren arrobados.
Un abrazo,amigos.

domingo, 12 de abril de 2009

Valor del perdón...


En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
El odio es un sentimiento negativo, de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona, cosa, situación o fenómeno, así como el deseo de evitar, limitar o destruir aquello que se odia.
El odio puede generar aversión, sentimientos de destrucción, destrucción del equilibrio armónico y ocasionalmente autodestrucción, aunque la mayoría de las personas puede odiar eventualmente a algo o alguien y no necesariamente experimentar estos efectos.El odio es con frecuencia el preludio de la violencia. Antes de la guerra, suele ser útil enseñar a la población a odiar a otra nación o régimen político.
Odiamos lo que no podemos amar, tener o controlar.El odio es una especie de cáncer secreto que corroe a la persona y le quita energías para rehacer de nuevo su vida.
Spinoza da, respecto del odio, una definición opuesta a la que establece para el amor, pero formalmente similar. Escribe al respecto: “El que imagina que aquello a que tiene odio está afectado de tristeza, se alegrará; si, por el contrario, lo imagina afectado de alegría, se entristecerá; y uno y otro afecto será mayor o menor según sea mayor o menor el afecto contrario en aquello a que tiene odio”
“Estos afectos de odio y otros similares se refieren a la envidia, que por eso no es nada más que el mismo odio, en cuanto se considera que dispone el hombre de tal manera, que se goce en el mal de otro y que, por el contrario, se entristezca del bien de ese otro” .
Muchísimas personas vienen cargando a cuestas un pesado fardo de rencores y resentimiento que las limitan y condicionan. Y por desgracia muchas veces es en contra de personas muy cercanas, de familiares o amigos, que por algún error han herido su corazón. Pasan años y no logran sacar estos sentimientos que entorpecen las relaciones más cercanas. Quien deja crecer el odio en su corazón se castiga a sí mismo.
En los pequeños detalles es donde se libra la batalla del odio contra el amor: el amor alienta, el odio abate; y tomo de Mauricio Fornos algunos de los campos en los que se libra esta batalla: el amor sonríe, el odio gruñe; el amor atrae, el odio rechaza; el amor confía, el odio sospecha; el amor enternece, el odio enardece; el amor canta, el odio espanta; el amor tranquiliza, el odio altera; el amor guarda silencio, el odio vocifera; el amor edifica, el odio destruye; el amor siembra, el odio arranca; el amor espera, el odio desespera; el amor consuela, el odio exaspera; el amor suaviza, el odio irrita; el amor aclara, el odio confunde; el amor perdona, el odio intriga; el amor vivifica, el odio mata; el amor es dulce; el odio es amargo; el amor es pacífico; el odio es explosivo; el amor es veraz, el odio es mentiroso; el amor es luminoso, el odio es tenebroso; el amor es humilde, el odio es altanero; el amor es sumiso, el odio es jactancioso; el amor es manso, el odio es belicoso; el amor es espiritual, el odio es carnal. El amor es sublime, el odio es triste.
Escribo esto porque he recibido dos correos electrónicos donde se me define como alguien carente de todo valor,un ser realmente odioso,mentiroso,despreciable. Es la opinión de alguien que durante años ha sido amiga y cercana a mí.
Sólo puedo decir que siento profundamente su opinión, tanto por lo que supone de criterio como la tristeza que me produce y porque dicha opinión ha llegado a anidar y formarse dentro de esa persona.
Aunque no me crea no soy tal como me define. Tengo muchísimos defectos y sé que estas líneas no van a modificar su criterio, pero como ayer escribía,si algún día precisa de mí y soy la última persona en la cual confiaría, allí estaré.
Buen lunes de Pascua,amigos.

sábado, 11 de abril de 2009

"Vió y creyó"...


Jn 20, 1-9“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro, y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro, se adelantó y llegó primero al sepulcro y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. Vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”.
Tendríamos que hacer el esfuerzo de ponernos en la situación en que por primera vez se vivió esta noticia. Los discípulos eran los mismos que habían salido corriendo en el momento del arresto de Jesús. Pedro era el mismo que le había negado tres veces. Sólo las mujeres habían contemplado –de lejos– lo sucedido hasta el final. No debía ser nada agradable ver a alguien morir en la cruz. Y eso que la gente de aquel tiempo debía estar un poco más acostumbrada a la sangre que muchos de nosotros.
Y hoy, dos mil años y pico después, seguimos celebrando la Pascua: que la muerte de Jesús no fue el final de todo.Es relativamente fácil cantar “aleluya” en una Iglesia bonita, llena de luz y de flores, en un día soleado. Pero a nosotros nos toca seguir anunciando la esperanza de la resurrección, seguir diciendo a todos que el Reino no es una palabra vana sino una realidad que hemos de hacer presente.
Sólo tenemos el recuerdo, la memoria, para contar, como Pedro, como los primeros discípulos, una y otra vez a los que nos rodean que todo empezó en Galilea. Y contar de nuevo la historia de aquel Jesús de Nazaret que, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu, “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos”. Y que nosotros somos testigos de que ha resucitado y está con nosotros. No tenemos milagros que mostrar. No tenemos argumentos racionales con que convencer a los demás. Sólo tenemos nuestra fuerza de vida, nuestro compromiso por el Reino, nuestra confianza en el que Abbá de Jesús es nuestro Abbá también y que anima nuestras luchas por hacer un mundo mejor y más hermano, un mundo en el que nadie quede excluido.
La resurrección es el triunfo de las esperanzas de los pobres.Para vivir en libertad, es necesario liberarnos del fantasma y del miedo a la muerte. De lo contrario viviremos muertos de miedo a la muerte.
Sólo la fe en el Resucitado puede explicar lo que parece no tener sentido. Feliz domingo.Y quiero poner una nota final para una persona que sé va a leer esto. Pienses lo que pienses,puedes contar conmigo si me necesitas. Si soy la última persona a la cual pedirías ayuda,no lo dudes,pídela.

viernes, 10 de abril de 2009

¡Elí,Elí!,¿Lamá sabactaní?...


Una de las frases más incomprensibles que haya pronunciado Jesús fue la que dijo antes de morir en la cruz. Tras varias horas de agonía, y presintiendo que su muerte era ya inminente, lanzó un grito terrible: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34).
Estas misteriosas palabras, solamente contadas por Mateo y Marcos, intrigaron a los lectores de la Biblia.
¿Sintió, acaso, Jesús que su misión había fracasado? ¿Pensó que moría como un hijo abandonado por su padre?
Tomadas al pie de la letra, tales palabras podrían hacernos creer que Jesús murió en la desesperación.

La amargura de un rezo
Pero no fue así. Jesús al pronunciar esa frase, en realidad estaba rezando un salmo. En efecto, si buscamos en nuestra Biblia, veremos que el salmo 22 empieza precisamente así: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y continúa: "A pesar de mis súplicas mi oración no te llega. Dios mío, de día te grito y no respondes. De noche, y no me haces caso".
¿Por qué Jesús pronunció un salmo tan amargo y desalentador en el momento de morir?
Más bien es lo contrario. El salmo 22, titulado "Oración de un justo que sufre", es uno de los salmos más esperanzadores de toda la Biblia. La primera parte describe los sufrimientos por los que atraviesa un hombre inocente (v. 2-23). Pero la segunda (v. 24-32) es un magnífico acto de confianza en que Dios lo librará de todas esas angustias.
El final dice así:
"Fieles del Señor, alabadlo...;
porque no ha sentido desprecio ni repugnancia
hacia el pobre desgraciado;
no le ha escondido su rostro;
cuando pidió auxilio lo escuchó..."

Los desvalidos comerán hasta saciarse
y alabarán al Señor los que lo buscan:
¡no perdáis nunca el ánimo!

Lo recordarán y volverán al Señor desde los confines del orbe,
en su presencia se postrarán las familias de los pueblos...

Ante él se postrarán las cenizas de la tumba;
ante él se inclinará los que bajan al polvo;
a mí me dará vida.

Mi descendencia le servirá y hablará del Señor,
a la generación venidera le anunciará su rectitud;
al pueblo que ha de nacer, lo que él hizo" (Sal 22, 24-31).

¿Entonces por qué los evangelistas citan las primera palabras y no las últimas que son las esperanzadoras? Porque para la mentalidad judía citar el comienzo de un salino equivale a citar el salmo entero. Por lo tanto, al poner las palabras iniciales, los escritores dan a entender que Jesús recitó todo el salmo.
Así lo entendió también el autor de la Carta a los Hebreos (2,11-13) cuando, al hablar de la pasión del Señor, dice que Jesús en la cruz rezó el final del salmo 22 y no las palabras dolorosas del comienzo, que son las que traen los evangelistas.

Cuando Dios ayudaba a los buenos
Pero esta respuesta, a su vez, nos lleva a plantearnos otra cuestión. ¿Por qué los evangelistas conservaron el recuerdo tan insignificante del rezo de un salmo por Jesús, cuando detalles que los historiadores juzgan más trascendentes (como las precisiones cronológicas de la pasión, la forma que tenía la cruz, el modo en que fue crucificado) ni siquiera son mencionados?
Para contestar esto es necesario tener en cuenta algo que hoy ya no llama la atención y es el escándalo que significó la muerte de Jesús para los judíos de aquel tiempo.
Por varias razones:
- En primer lugar, porque en la época de Jesús existía la convicción de que, cuando una persona era fiel a Dios y cumplía sus mandamientos, Dios siempre acudía a salvarlo y no permitía que le pasara nada malo.
Todo el libro de Daniel, por ejemplo, expone esta idea: a cuatro jóvenes judíos que se niegan a comer alimentos prohibidos, Dios los engorda milagrosamente (1,3-15); a Azarías y a sus compañeros, arrojados en un horno encendido por no adorar la estatua del rey Nabucodonosor, el fuego ni los toca (3,46-50); a Daniel, abandonado en el foso de los leones por ser fiel a Dios, lo hace salir vivo (6,2-25); a Susana, la libra de las falsas acusaciones contra a su honor (13).
El mismo libro de la Sabiduría lo afirma: "Si el justo es hijo de Dios, él lo ayudará, y lo librará de las manos de sus enemigos" (2,18).
Cualquier judío, pues, compartía la idea de que Dios salva siempre al hombre inocente. ¿Por qué entonces no salvó a Jesús? La conclusión que se imponía era: Jesús debió ser un pecador.

La muerte de un delincuente
- En segundo lugar, porque a Jesús lo mataron los representantes de Dios, es decir, los sacerdotes. Y lo hicieron en nombre de la Ley de Dios. "Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir", exclamaron sus acusadores ante Pilato (Jn 19,7).
- Finalmente, porque la clase de muerte que sufrió (colgado de un madero), lo convertía automáticamente, según la Biblia, en un maldito de Dios. En efecto, un versículo del libro del Deuteronomio afirma: "El que cuelga de un madero es un maldito de Dios" (Dt 21,23). Y de todas las muertes, justamente ésa fue la que sufrió Jesús.

Para el pueblo judío, entonces, Jesús murió: a) sin el auxilio divino; b) en nombre de las autoridades religiosas; y c) maldito por Dios.
¿Era posible una muerte más vergonzosa? ¿Cómo podrían los cristianos convencer a la gente de que él era el Mesías, el Hijo de Dios que venia a salvar a su pueblo?

Que lo digan los salmos
Frente al escándalo, difícil de disimular, de la ignominiosa muerte de Jesús, los evangelistas iluminados por Dios, encontraron una solución: demostrar que todo lo que le había sucedido a Jesús, en su pasión y muerte, estaba ya anunciado en el Antiguo Testamento. Que todos los sufrimientos del Maestro estaban previstos por Dios y ocurrieron según su designio. Y que incluso hasta los menores detalles de su escandaloso final habían sucedido "para que se cumplieran las Escrituras".
Como el libro más leído, conocido y meditado por la piedad judía, era el de los Salmos, allí fueron los cristianos a buscar elementos para probar las circunstancias proféticas de la muerte del Señor.
Por eso en la pasión de Jesús se acumulan, más que en ningún otro momento de su vida, las referencias a los salmos (más de veinte), como si allí hubieran querido concentrar todo el cumplimiento de las predicciones bíblicas.

Y por eso mismo, los relatos de la pasión y muerte de Jesús no dan una crónica exhaustiva de los hechos. Pasan por alto muchas escenas importantes, dejan otras en penumbra, y más bien se detienen en aquellas que pueden encontrar su apoyo en las Sagradas Escrituras.
Cada comunidad cristiana, y cada evangelista más tarde, hizo lo que pudo en este esfuerzo de explicar, mediante las profecías de los salmos, el "escándalo de la cruz". ¿Y cuáles son los salmos que encontraron?

El arresto y la agonía
Ya en el comienzo de la pasión, mientras Mc y Lc dicen que eran los sumos sacerdotes y escribas quienes conspiraban contra Jesús y que andaban buscando cómo apresarlo, Mateo, más cuidadoso, dice que fueron "los jefes", y menciona "una reunión" que hicieron para atraparlo (26,3-4). Porque así se cumplía la profecía del Sal 2,2: "los jefes se reunieron contra Dios y su Mesías".
También Juan (13,18) explica la traición de Judas la explica san Juan con la profecía de un salmo. Afirma que eso sucedió "porque tenía que cumplirse la Escritura (Sal 41,10) que dice: el que comparte mi pan se volvió contra mí'. Y más adelante lo reitera: "Ninguno de ellos se ha perdido excepto el que debía perderse, para que se cumpla la Escritura" (17,12), refiriéndose al mismo salmo.
El hecho incomprensible de que Jesús, a pesar de haber pasado haciendo el bien y ayudando a los más pobres, fuera odiado y rechazado por las autoridades judías, estaba igualmente anunciado en los salmos. Jesús lo dice: "Nos odian a mí y a mi Padre, pero así se cumple lo que está escrito en su Ley (Sal 69,5): me han odiado sin motivo" (Jn 15,24-25).
Y al contar la terrible agonía en el huerto de Getsemaní, los evangelistas relatan que Jesús les hizo a sus discípulos esta confidencia: "Mi alma está triste hasta la muerte" (Mt 26,38; Mc 14,34), para que se cumplieran las palabras del Sal 42,6 (en su versión griega).

Hiel en vez de mirra
Al ser arrestado Jesús y llevado ante las autoridades, refieren los Evangelios que el Sumo Sacerdote le preguntó: "¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito? Y él le contestó: "Sí, yo soy. Y verán cómo el Hijo del Hombre se sienta a la derecha del Todopoderoso y viene entre las nubes del cielo" (Mc 14,62). Así se cumplía lo dicho por el Sal 110,1, que para los evangelistas profetizaba la glorificación de Jesús por Dios.
También la intervención de testigos falsos contra Jesús, durante el juicio ante el Sanedrín (Mt 26,59-61; Mc 14,55-59), estaba prevista en los Sal 27,12 y 35,11: "Se levantan contra mí testigos falsos, y me preguntan de lo que nada sé".
Luego de condenar a muerte al Señor, lo llevaron al monte Calvario. Entonces Mt dice que le ofrecieron" vino con hiel", y dice que "sí lo probó" (27,34) para demostrar que se estaba cumpliendo la profecía del Salmo 69,22 (en su versión griega), que dice: "Me han dado hiel como alimento".

Los regalos y el sorteo
Cuando desvistieron a Jesús para crucificarlo, llama la atención que los cuatro evangelios anoten el detalle insignificante de que los soldados se repartieron sus ropas y sortearon la túnica que sobraba para ver a quién le correspondería. Y Juan explica por qué era importante este detalle: porque así se cumplía "la Escritura (Sal 22,9) que dice: se han repartido mis vestidos, y han echado a suerte mi túnica" (19,24). Por lo tanto, hasta el hecho trivial del destino de sus ropas, estaba previsto en el plan de Dios.
Al contar las burlas que le hacían a Jesús los que pasaban por el lugar, Mateo dice que "movían la cabeza y decían: ha confiado en Dios, que él lo libre ahora, ya que lo ama" (27,39). Para que se cumpliera lo anunciado en el Sal 22,8-9, que dice: "mueven la cabeza y dicen: ha confiado en el Señor; que él lo libre... ya que lo ama". Y Lucas añade que "hacían muecas de burlas" frente a Jesús (23,35), para recoger la profecía de ese mismo Salmo: "todos me hacen muecas de burlas" (22,8).

Las últimas palabras
En medio de terribles tormentos, y ya próximo a su muerte, Jesús exclama: "Tengo sed". Dice Juan que eso ocurrió "para que se cumpliera la Escritura" (del Sal 22,16) que predecía: "Mi paladar está seco como una teja, y mi lengua se pega al paladar Entonces los soldados corrieron y le ofrecieron vinagre, y Jesús lo bebió (Jn 19,29). Con esto se cumplía una nueva profecía, la del Sal 69,22: "Cuando tenía sed, me dieron vinagre".

Llega, entonces, el momento de las últimas palabras de Jesús. Con gran agudeza, Mateo y Marcos sostienen que fueron: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34). De este modo, como ya dijimos, mostraban a Jesús como el hombre inocente y bueno que sufría injustamente, y que por lo mismo sería luego rehabilitado por Dios.
Lucas, que compuso su Evangelio para lectores no judíos, y por lo tanto poco conocedores de salmos, temió escandalizarlos con estas palabras, y prefirió poner en boca de Jesús otra expresión, también de un salmo (31,6), pero que era menos ambiguo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46). Estas fueron, para Lucas, las últimas palabras que Jesús pronuncio.

Los huesos rotos
Lo que sucedió al morir Jesús estaba también previsto por los salmos.
Lucas, por ejemplo, anota que "sus familiares se mantenían a distancia" presenciando la desgarradora escena (23,49), porque el Sal 38,12 habían profetizado: "Mis familiares se mantienen a distancia".
Y Juan (19,36) relata que los soldados rompieron las piernas de los dos ladrones crucificados junto a Jesús, pero que a él no le quebraron las piernas, sino que lo atravesaron con una lanza en el costado, para que se cumpliera la profecía del Sal 34,21: "Dios cuida de todos sus huesos, ni uno solo será quebrado".

No era un castigo de Dios
Los primeros cristianos buscaron en el Antiguo Testamento la razón por la cual a Jesús le tocó sufrir una muerte tan cruel como injusta. Y descubrieron que en los salmos, especialmente los de lamentación y confianza, estaban anticipados todos los sucesos de la pasión.
Allí se hallaba la explicación teológica de esos acontecimientos. Su muerte, por lo tanto, no había sido un "castigo de Dios" Jesús no era sino el Justo que había venido a cumplir las profecías de ese inocente que aparecía en los salmos sufriendo injustamente, cargando el peso del odio de sus enemigos, pero con toda su confianza puesta en Dios.

Los relatos de la pasión de Cristo son narraciones más bien teológicas. Los evangelistas quisieron explicar cuál era el sentido de la muerte de Jesús. De ahí las grandes lagunas que existen en estas narraciones.

La vida: un salmo en dos partes
Los relatos de la pasión fueron compuestos para lectores creyentes. Y al presentarlos como el cumplimiento de citas y pasajes del Antiguo Testamento, aunque fueran de escaso interés (como el reparto de las vestiduras o el vinagre que le ofrecieron a beber), sus autores pretendieron únicamente enseñar que Jesús era, en verdad, el enviado de Dios. Y que al estar previsto por la palabra de Dios todo lo vivido en su pasión, podía ser aceptado sin recelo como Salvador de la humanidad.
El día que Jesús murió, Dios guardó silencio. Un silencio atroz, que parecía dar la razón a los verdugos que lo condenaron. Sin embargo los primeros cristianos descubrieron que Dios no se había callado. Que desde hacía siglos venía gritando, desde los salmos, lo que a su Hijo le tocaría padecer, por mantenerse fiel al Amor que predicó. Pero que, a pesar de todo, lo iba a acompañar, sostener y cuidar hasta el final.
Dios ha prometido cuidar siempre de los hombres, especialmente de cuantos sufren o atraviesan dificultades. Y lo cumplirá. Cuando nos veamos desbordados por los problemas o las angustias de la vida, nunca pensemos que Dios guarda silencio. Sólo es la primera parte del salmo. Falta aún la segunda. Y Dios es fiel hasta el final.


(P. Ariel Alvarez Valdés)
(Tomado de la Revista TIERRA SANTA, N. 743 [2000] 64-68)

jueves, 9 de abril de 2009

In coena domini(La Cena del Señor)...


Anoche volvió a repetirse el Misterio, una vez más. El Señor, sabiendo de la cercanía de irse al Padre, amando a los suyos, los amó hasta el extremo. Los reunió, les lavó los pies siendo siervo y les dió lo mejor que tenía: él mismo.

(Mt 26, 26-28)
... tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y dándoselo a sus
discípulos dijo:
"Tomad, comed, éste es mi cuerpo."
Tomó luego una copa, y dadas las gracias, se la dio diciendo:
"Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza,
que es derramada por muchos para perdón de los pecados..."

Eucaristía: de origen griego "Eukharistia", significa "acción de gracias". Esta palabra recuerda las bendiciones judías que proclaman las obras de Dios: la creación, la redención, la santificación. (cfr. Lc. 22,19; 1 Co 11,24; Mt 26,26; Mc 14,22).

Por el hecho de que el misterio eucarístico trasciende toda razón, ningún teólogo católico puede aventurar una explicación racional, basada en hipótesis meramente naturales, ni tratar de abarcar una de las más sublimes verdades de la religión cristiana como la conclusión espontánea de un proceso lógico.

Hay dos elementos Eucarísticos, pan y vino, que constituyen la materia remota del Sacramento del Altar, mientras que la materia próxima no puede ser otra que las apariencias Eucarísticas bajo las cuales están verdaderamente presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El primer elemento es el pan de trigo (panis triticeus), sin el cual la "confección del Sacramento no tiene lugar" (Missale Romanum: De defectibus, secc. 3), Siendo verdadero pan, la Hostia debe ser horneada, puesto que harina sola no es pan. Además, dado que el pan requerido es el formado por harina de trigo, para tener validez no se permite cualquier clase de harina, como por ejemplo las de avena, centeno, cebada, maíz molidos, aunque sean clasificados botánicamente como granos (frumentum). Por otra parte, las diferentes variedades de trigo (como triticum astivum spelta, amylum, etc.), son válidas ya que puede probarse que son botánicamente genuinos trigos. La necesidad de pan de trigo se deduce inmediatamente de las palabras de la Institución: "El Señor tomó pan " (ton arton), en conexión con que -debe ser resaltado- en la escritura (artos), sin ninguna condición calificativa, siempre significa pan de trigo. No cabe duda también, de que Cristo se adhirió incondicionalmente a la costumbre judía de usar solo pan de trigo para la cena de Pascua; y por las palabras, "Haced ésto en conmemoración mía" decretó su uso para todos los tiempos siguientes. Adicionalmente, una tradición no interrumpida, sea testimonio de los Padres o práctica de la Iglesia, muestra que el pan de trigo jugó un papel tan esencial que aún los Protestantes se resistirían a considerar el pan de cebada o de centeno como elemento apropiado para la celebración de la Cena del Señor.

La iglesia mantiene una posición más fácil en la controversia respecto al uso de pan fermentado o no fermentado. Por pan con levadura (fermentum, zymos) se entiende pan de trigo que en su preparación requiere levadura o polvo para hornear, mientras que se entiende por pan ázimo (azyma, azymon) un pan formado por una mezcla de harina de trigo y agua que ha sido amasada y luego horneada.

El segundo elemento requerido de la Eucaristía es el vino de uva (vinum de vite). Por tanto quedan excluidos no solo los jugos extraídos o preparados de otras frutas (como cidra y licor de pera), sino también los llamados vinos artificiales, aún cuando su constitución química sea idéntica al genuino jugo de la uva. La necesidad de vino de uva es resultado no tanto de una decisión autoritaria de la Iglesia, ya que lo presupone (Concilio de Trento, Ses. XIII, cap. iv), y está basado en el ejemplo y mandamiento de Cristo, quien en la Última Cena ciertamente convirtió el vino natural de uva en Su Sangre. Esto es deducido en parte del rito de la Pascua Judía que requería que la cabeza de la familia pasara el "copón de bendición" (calix benedictionis) conteniendo el vino de uva, y especialmente de la expresa declaración de Cristo que de entonces en adelante no bebería del "fruto de la vid" (genimen vitis). La Iglesia católica no conoce de ninguna otra tradición.

Por otra parte, una muy antigua ley de la Iglesia, que sin embargo no tiene nada que ver con la validez del sacramento, prescribe que se agregue un poco de agua al vino antes de la Consagración.

El rigor de esta ley de la Iglesia puede ser rastreada hasta la antigua costumbre de los romanos y de los judíos, que mezclaban agua con los fuertes vinos sureños (ver Proverbios 9:2), a la expresión de calix mixtus encontrada en Justino (Apol. 1, 65), Ireneo (Adv. hær., V, ii, 3), y Cipriano (Ep. LXIII, ad Cæcil., n. 13 sq.), y especialmente al profundo significado simbólico contenido en la mezcla, ya que así es representado el fluir de agua y sangre del costado del Salvador Crucificado y la íntima unión de los fieles con Cristo (cf. Concilio de Trento, Ses. XXII, cap. 7).

Fue usual, hasta el siglo noveno, que el sacerdote colocara la Sagrada Hostia en la mano derecha del receptor, quien la besaba y la transfería a su propia boca; a partir del siglo cuarto, en esta ceremonia se obligaba a las mujeres a tener su mano derecha envuelta en una tela. En los primeros tiempos la Preciosísima Sangre se recibía directamente del Cáliz, pero después del siglo octavo en Roma la práctica era recibirla a través de un pequeño tubo (fistula); en el presente, esto se observa solamente en la misa del Papa. Este último método de beber el Cáliz se extendió a otras localidades, particularmente a monasterios Cistersianos, donde la práctica fue parcialmente continuada hasta entrado el siglo dieciocho.

Un judío o Mahometano podría ciertamente, recibir materialmente la Sagrada Hostia, pero no se trataría en este caso de una recepción sacramental, aunque por medio de un perfecto acto de contrición o de puro amor a Dios se hubiera puesto en estado de gracia santificante. De aquí que en la Iglesia Primitiva los catecúmenos estuvieran estrictamente excluidos de la Eucaristía.

Autor: Charles de Foucauld

Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras,
sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas.

No deseo nada más, Padre.

Te confío mi alma,
te la doy con todo el amor
de que soy capaz,
porque te amo.

Y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con una infinita confianza,
porque Tú eres mi Padre.

Se cuenta que un hombre se queja ante Jesús que su cruz es muy pesada. El Señor le indica una estancia donde hay multitud de cruces y le ruega que escoja aquella que le plazca.

El hombre, contento,prueba varias, una es demasiado pesada, otra demasiado grande, al fin, coge una que le cuadra y el Señor le dice:

¿Ves?. Has escogido la misma que traías, que lleva tu nombre escrito, porque mi Padre no permite ninguna cruz que no podáis soportar...

Un abrazo,amigos.

miércoles, 8 de abril de 2009

Zaqueo...


Muchas personas somos pequeños...¡Es lo que hay!. Tenemos ventajas y también nos encontramos con dificultades en el día a día.
Hoy quiero recordar a uno de estos pequeños en este,para mí, hermoso texto que he encontrado en internet.
Puede valernos para aumentar nuestra esperanza...
Buen día, amigos.
Jericó es una ciudad muy tumultuosa. Siempre hay gente que viene y va, y caravanas que no dejan de traer y llevar incienso y animales muertos hacia Jerusalén. Jericó está en el camino para llegar al Templo de la ciudad de Jerusalén y, por lo tanto, siempre hay comerciantes y turistas: griegos, hebreos, fenicios, de Mesopotamia, de Asia Menor. No hay barco que no haya dejado sus mercancías en la orilla del mar para que miles y miles de camellos se encargaran de llevarlas a su destino final. Pero, siempre a través de la ciudad de Jericó.
Aquí todo el mundo se conoce. Es más, se puede atravesar la ciudad en media jornada sabática. Siempre hay conglomerados de compradores que prefieren venir aquí a comprar sus ofrendas al Santísimo del Templo, porque la mercancía se vende hasta por la mitad de l precio que en Jerusalén. Pero, la Gran Dominadora, Roma, bajo el poder directo de Julio César, no es tonta: ha nombrado a personas, confiriéndoles casi toda su autoridad, para cobrar los impuestos. Yo soy el único de Jericó. Por lo tanto, cada camello, cada vendedor, cada carreta y burro y cada mujer florista pasa por mí; y yo les cobro lo del César.
Pero, hace mucho que estoy trabajando en medio de este polvo: casi 10 años en esto. Incluso, tengo mi propio puesto, con una silla detrás de un gran peñón que quedó de la construcción de la muralla de la puerta norte. Y todo este tiempo lo que hago es esperar a que los mercaderes saquen de su riqueza los tributos del Emperador. A veces me hacen falta bolsas más grandes para los impuestos, porque las caravanas vienen con mayor mercancía y con mayor frecuencia, ya que se acerca el tiempo de la Pascua de los judíos y, además, se está rumorando la llegada del Mesías judío. ¡Por Dios! ¡¿Creen ellos que llegará alguien que acabe con Roma?! Es más, ¿es posible que ya exista? ¡Y no puedo creer que sea un tal Jesús Nazareno que anda por toda Judá alborotando la gente!
De todos modos, hoy es un día muy caluroso, y, como publicano, creo que tengo derecho a más que trabajar por unos cuantos chequels. Volveré a mis oficios. Se siente bien cobrar el doble de los impuestos, porque así, la mitad es del gran César... ¡Oh! ¡Salve, César! Y la otra mitad, para mí... ¡Salve, yo! Ja ja ja já. A veces me remuerde la conciencia, pero no me dejo engañar por ella, porque es la única manera que tengo de vivir y mantener lo que ya tengo.
* * *
¡¿Y ahora qué?! ¡¿Es que estos mercaderes no tienen educación?! ¿Cuál es el bullicio? ¿No pueden venir en una sola fila? ¿Y por qué hay tanta gente dentro de la ciudad? ¿Habrá llegado algún cargamento especial? ¡Ahora sí que cobraré hasta el triple!... Pero... ¿qué es esto? Son muchas personas alrededor de alguien. Parecería que fuera Herodes Antipas mismo quien estuviera aquí, si no fuera por el hecho de que esta persona es alta y parece de paso firme. Se acercan aquí... ¡Debo esconder mis impuestos, para que no los roben! Debo atesorarlos y guardarlos.
Pero, justamente, bajando mi mirada para buscar las bolsas, pasó el hombre aquél frente a mí, seguido de cientos de personas gritándole que les tuviera compasión. Aseguro que no le vi, pero cuando pasó frente a mí, mi corazón quiso salírseme por la boca, la respiración se me cortó y caí al suelo. ¡¿Qué me pasa?! ¡¿Quién es ese?! Necesitaba verlo. Necesitaba saber quién era. Olvidé las bolsas, e intenté seguirle; pero, debido a mi baja estatura, no alcanzaba a verlo. La multitud se detuvo justo debajo de un sicómoro joven, a la sombra de éste. El sol estaba en su cenit, y todos buscaban refugio en la sombra. Pero, yo no. Necesitaba ver a ese hombre vestido de blanco. Busqué manera y sólo vi una rama alta del sicómoro que salía horizontal sobre la multitud. Y subí. Pero quedaba muy por delante de ellos y, cuando decidí bajarme a buscar otro lugar, la multitud empezó su marcha nuevamente con este hombre a la cabeza. Me quedé abrazado del ramo, y, cuando pasaron por debajo de mí, no tuve que hacer gran esfuerzo para verlo... pues Él me vio a mí.
Fue como si un rayo entrara por mis ojos y desnudara mis adentros. Me sentí indefenso, como ante una fiera. Me sentí caer en un abismo. Pero me sentí feliz... No salía aún de mi asombro cuando este hombre me llama por mi nombre y me dice: “Zaqueo, baja. Te conviene que me quede en tu casa”. ¡¿Qué?! ¿Qué me conviene qué? Creí fielmente en lo que me dijo, aunque no tenía ni la menor idea de lo que me decía. Estuve al punto de caerme del árbol cuando me dijo eso. Y bajé. Estaba tan feliz. No se me quitaba la sonrisa de la cara. Y este hombre se sonreía conmigo. Quizá pensó que yo estaba loco... En ningún momento me pregunté de dónde me conocía, pero sólo sé que estaba contento de recibirle, y más en mi casa. Le ofrecería lo mejor que allá tengo. Le daré vino, frutas secas, dátiles, pan... ¡le daré todo!
Pero, en ese mismo instante de alegría me vino un golpe de tristeza. Ese gozo había quedado destrozado cuando escuché a la muchedumbre que allí estaba decir: “Es un pecador”, “Ese hombre es un pecador”, “Va a cenar con el peor hombre de todo Jericó”, “Va a cenar con un publicano, un ladrón”. Mi corazón quería latir, pero la vergüenza no lo dejaba. ¡¿Dónde había quedado mi rango de Jefe?! ¡¿Por qué me sentía tan mal con algo tan cierto que nunca había negado o escondido?! Cabizbajo, caminé hacia mi casa, y allá, me esperaba este hombre con Doce más de diferentes edades. ¿Quién será?
* * *
Los criados nos lavaron los pies y nos sentamos alrededor de la mesa; y el hombre este, que causó tantos sentimientos en mí, tomó la comida en sus manos y le dio gracias a Dios por ella. Cuando la bajó, me miró y sonrió y me dijo algo que terminó de remover todo el sucio de mi corazón: “Hoy ha llegado la Salvación a esta casa”, y miró alrededor, todas mis pertenencias, todas las riquezas. Y yo, entristecido, lloré. Y, mientras lloraba, le prometí que nada de eso sería mío de ahora en adelante. Le prometí darle la mitad de todo cuanto veía a los pobres, y a todo aquel que le había hecho mal, hasta cuatro veces de lo que le había robado le daría. Entregaba yo todos mis bienes con esa decisión. Y el hombre me dijo: “De verdad, ha llegado la Salvación a esta casa. Yo, el Hijo del hombre he venido a buscar y salvar lo que perdido estaba”. Y entonces mis ojos se abrieron: ¡Este hombre que ha revolucionado mi vida es el mismo que está revolucionando Judá! ¡Este hombre es Jesús! ¡En verdad, Él es el Mesías!
* * *
Ahora, caminando junto a estos Doce, llevando sólo lo que llevo puesto, y comiendo lo que me den los seguidores de Jesús en sus hogares, llevo la Buena Nueva de que Jesús es el Mesías... No dudo que revolucionará no sólo Judá... ¡Sino el Mundo!
Omar Arbaje de Moya.