jueves, 13 de noviembre de 2008

La última bandera...


No concibo en mí la compleja felicidad propia, personal, sin la felicidad de los miles de millones de seres humanos y de otras especies que pueblan este precario planeta".
Si no fuese porque se intuye de quien vamos a hablar, esta frase, hermosa frase por otro lado, podría ser suscrita por cualquier persona de bien.
Pero no se da el caso. O al menos, no lo vemos, demos una nueva oportunidad al personaje. Quizá la oportunidad que él niega dentro de su caracter resto de los mortales.
Me refiero, como podréis haber imaginado al sr.Rodríguez que, no sabiendo defender la postura de España, de esa España que le importa bien poco, a la que ha ninguneado negociando con nacionalistas y terroristas por separado y con ambos a la vez, y que ha de acudir a la Cumbre monetaria como el mercenario que se apunta a la última bandera, la más lejana, la que menos le importa, con tal de seguir adelante.
Existe una diferencia entre quien lo hacía o lo puede hacer ahora y un sujeto que lo hace presa del pánico de sus errores.
Huye hacia delante con tal de salvarse él y es capaz de alistarse bajo cualquier bandera, sea la francesa, la europea, la islámica verde o la roja de sus amores de juventud, que no de madurez porque no la tiene.
Allá se marcha, a enmendarle la plana a líderes mundiales, a capos antidemocráticos, a presidentes de democracia, a primeros ministros de una pieza.
¡Que le importa!. Su estulticia, que pagamos todos, le hace alistarse no ya a una bandera honrosa, sino al primer trapo de cuelga de un mástil, con tal de salir a flote.
Quien vive sin dignidad está condenado a morir igualmente, sin ella.
Un abrazo, amigos.

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